Uno, dos… Kick-Ass ultraviolentos

Y salió Kick-Ass, la adaptación dirigida por Matthew Vaugh (Stardust) de la miniserie semi-independiente del bombástico Mark Millar (Ultimates 1 y 2, The Authority). Siguiendo el empuje de Wanted (que tuvo récords de taquilla dentro de la categoría R), Millar se embarcó en la producción de la misma serie que estaba escribiendo para el sello Icon, una línea de Marvel para los trabajos de autor de sus escritores, como Brian M. Bendis, Ed Brubaker y Matt Fraction. Vaugh, por su parte, salía de tener su propio éxito adaptando el Stardust de Neil Gaiman, además de haber estado a punto de hacerse cargo de X-Men 3 (que cayó en manos de Brett Ratner, y ya sabemos cómo quedó eso).

Como contenido a secas, Kick-Ass es mucho más Millar que Vaughn, pensado en cómo lograr que el medio comiquero saque de sus casillas al público común y corriente, llevándolo a niveles de blockbuster hollywoodense y asociándose siempre a artistas que espectaculares como John Romita Jr., Steve McNiven y Bryan Hitch, capaces de materializar las alucinadas del escritor. En este caso se trata de la historia de Dave Lizewski, un adolescente demasiado normal a quien no se le ocurre otra manera de sobresalri que hacerse un “superhéroe”. A falta de poderes, decide ponerse un wetsuit, armarse con un par de cachiporras, y salir a pie a luchar con delincuentes comunes por las calles. Durante los próximos 100 minutos, más o menos, no le va bien.

La película responde perfectamente a la ultraviolencia realista que busca Millar, y hasta se podría considerar una caricatura a los géneros superheróico y de acción, en algún lugar entre las películas de The Naked Gun y Punisher: War Zone. Estamos hablando del mundo real, donde un muchacho se dedica a enfrentarse a la gente más peligrosa, y sin embargo no deja de tener un efecto casi cómico, desde un sentido del humor bastante oscuro. Es como ver un bloque de bloopers, pero quedándote después de la risa a ver que el otro todavía no se puede parar, y todo contextualizado en aspiraciones heróicas. La película es bastante fiel al material original en ese sentido, muestra el efecto de una vida violenta sobre seres humanos comunes y corrientes, sin llegar a ser un calco fiel de estilo o argumento ni perder el rumbo.

Vaugh diferencia muy bien los recursos y piezas que funcionan en 8 historietas de 22 páginas a intervalos mensuales de lo que cabe efectivamente en 117  minutos de película. Por momentos el orden de ciertas revelaciones no se corresponde al del cómic, pero todo termina encajando orgánicamente en el orden fílmico. Donde perdimos puntos de caracterización en la relación entre Lizewski y su padre, o cómo evolucionan y decaen las cosas entre Kick-Ass y Red Mist, ganamos el desarrollo de la historia paralela de Hit-Girl y Big Daddy. Donde deberíamos tener un giro sorpresivo o una página doble de Romita Jr., viene un dato adelantado o una entrada distinta que mantiene la atención sin opacar el gran final (así que, no lanzallamas, pero no lo extrañarán).

Sabiendo que lo que queremos es ultraviolencia, secuencias de lucha sin barreras, acción rápida e impresionante, Vaugh se contiene lo suficiente, y aunque puede darnos un Terminator, un Rambo o un Kill Bill (aunque la Hit-Girl de Chloe Moretz tiene sus buenos momentos entre Beatrix Kiddo y Go-Go Yubari), no porque no pudiera sino porque la historia no permite tanta virtuosidad marcial para el pobre de Aaron Johnson. Es necesario este planteamiento historia-impacto-historia-repetir para darnos a entender que la cosas ocurren en nuestro mundo, y las consecuencias están ahí, a pesar de que los tipos andan por ahí vestidos en látex colorido y hay una niña por ahí rebanando miembros de mafiosos a katanazos y soportando balazos a quemarropa.

Nicholas Cage cumple su sueño de ser un superhéroe y hacerlo creíble, con un Big Daddy que comparte su entusiasmo por la vida de aventurero enmascarado, como una fijación insana y gracias a dios no tuvo que actuar ningún super poder. Tuvimos suficiente de eso con Ghost Rider. En cambio aquí es un Batman combinado con Punisher, con barba falsa e inagotables recursos cuando se pone el disfraz, y un papá bobalicón, con bigote de cepillo, lentes y malos chistes cuando se viste de civil. Y es por eso que Vaughn le da a esta historia más peso. Sólo Kick-Ass hubiera sido muy adolescente: chico-conoce-chica, chica-ignora-chico, chico-hace-locuras, chica-se-fija-en-chico, chico-paga-por-sus-locuras, final feliz. En mi opinión, es el cruce, y el nuevo balance, de las cuatro historias principales lo que hace que esta película, como historia, tenga una personalidad propia y supere la simplicidad de la propuesta. Y además, cabe en las dos horas.

A fin de cuentas, Kick-Ass es una película más compleja de lo que aparenta. Tiene no sólo el potencial, más bien la intención de ofender suceptibilidades, muy al estilo shock-value (Roger Ebert sabe muy bien de lo que hablo), y una vez superado es una crítica al culto a la violencia con la que se resuelven las cosas en los cómics, a la vez que lo homenajea y se ceba en el derramamiento de sangre. No pretende ser lo que Watchmen o Sin City debieron ser. No le corresponde. Esta es una bestia diferente y lo mejor es tratar de no encasillarla, porque tiene de todo y por montones.

Y si no te convences… FUCK CRIME! ¡VE KICK-ASS!

Viñetas de la semana (I)

Es domingo y he decidido pasar las viñetas de la semana que he estado tuiteando últimamente (ver 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9) al blog, para poder rastrearlas y porque siemper hay. Esta semana separé cinco:

El FrankenCastle de Rick Remender, con toda esa onda sobrenatural y protegiendo a los monstruos, es una variante que creo que uno nunca se habría imaginado de una historia de Punisher. En Deadpool Team-Up #894, el viejo Frank recuerda perfectamente que nunca le agradó Muertopiscina, y haciendo gala de su poca paciencia y estilo brutal demuestra que del Prometeo Moderno sólo tiene el apodo.

La antología en blanco y negro de The Savage Axe of Ares #1, demuestra efectivamente a Ares, el dios de la Guerra, su hacha y mucho salvajismo. Y cuando ves a la Guerra personificada con un arco y un hacha, es como sumar uno más uno y procurar no esconderse detrás de ningún árbol.

Amazing Spider-Man #648. ¡¡¡ALGO PUEDE DETENER AL JUGGERNAUT!!! Claro, lo que este Capitán Universo no supo es que si le pegas debes manterner a Juggernaut lejos, muy lejos. Si no vuelve muy empinchado y NADIE va a detener su puño encajándose precisamente AHÍ. Golpe bajo de proporciones cósmicas.

Siege: Spider-Man. Bien lo dice Spidey, ¿por qué no se le ocurrió a nadie antes?

Deadpool: Merc with a Mouth #10. Completamente previsible y obvio, ¿no?

Doomwar: Eventos comiqueros de perfil bajo con alta satisfacción

La geografía ficticia en cómics da para mucho que hablar. Desde DC, que con Metrópolis, Ciudad Gótica, Blüdhaven, etc., situaba a sus personajes sin tener como referencia ninguna ciudad en particular. El enfoque de Marvel era más aterrizado: no había problema con que Spider-Man y los Cuatro Fantásticos vivieran casi toda su vida en Nueva York, o que el Capitán América proteste ante el escándalo de Watergate. Se trataba de estadounidenses haciendo ficción en su país y, en un principio, para sus compatriotas. Sin embargo, a la hora de introducir personajes extranjeros, como Victor Von Doom y T’Challa, la Pantera Negra, recurrieron a locaciones imaginarias como el país carpático de Latveria y la nación africana de Wakanda.

Es así como en Doomwar (o DOOMWAR, para hacerlo más ominoso), estas dos naciones chocan entre sí tras las sacudidas globales y los vacíos de poder producidos por la Invasión Skrull, el Acta de Registro Superhumano estadounidense, y la caída de S.H.I.E.L.D. como agente del orden global.

Vamos en orden y despacio. Para empezar, Doctor Doom estaba en el Infierno desde Unthinkable, en el 2003, donde intentó aprisionar a los hijos de Reed y Sue Richards de los Cuatro Fantásticos. Vuelve a la Tierra en el preludio a la Civil War por sus propios medios, siguiendo la trayectoria de Mjolnir, el martillo mágico de Thor, cuyo regreso estaba planeado en un principio como parte del crossover. En esta nueva encarnación, Doom asume una posición estelar como el máximo villano (megavillano, le llaman) del Universo Marvel, a ausencia de Kang, Ultrón o Loki. Durante los ultimos años Doom mantuvo constantes choques con los Cuatro Fantásticos, los Vengadores, Namor, Iron Man, Pantera Negra, etc.

Por estas épocas, Black Panther (T’Challa) abandona su vida de aventurero (en muchos sentidos) y se casa con la Mujer-X Tormenta, hija de una princesa keniana, ladrona infantil, lideresa de los X-Men y la nueva Reina Ororo. El motivo fue la necesidad de establecer una familia real para el gobierno monárquico y aislacionista de Wakanda, que había estado descuidado por las aventuras del heredero al trono. El valor estratégico de Wakanda reside en su avanzado nivel tecnológico y místico, décadas por encima del resto del mundo gracias a que evitaron los enfrentamientos tribales y la colonización europea que minaron a las naciones vecinas, además de disponer del preciado vibranium, capaz de absorber cualquier tipo de energía.

Como luna de miel, T’Challa y Tormenta se embarcan en un tour mundial para definir sus relaciones con otros gobernantes superhumanos, como Namor de Atlantis, Blackbolt de los Inhumanos, Tony Stark en los Estados Unidos y Doom en Latveria. Es aquí donde se plantan las semillas del conflicto. Mientras tanto, la pareja real se pasaría unos meses asilados en el Edificio Baxter, reemplazando a los Richards como parte de los Cuatro Fantásticos tras la Civil War. Destacamos a Walter Declun, el ex mandamás de Damage Control, y uno de los principales beneficiarios del conflicto superhumano, quien es rescatado por Doom después de que Wolverine casi lo mata en su investigación del causante verdadero del incidente de Stamford.

Ya adentrados en los tiempos después de la Invasión Skrull, y habiendo repelido con éxito a los alienígenas, T’Challa acude al llamado de Doom para discutir asuntos de Estado en su castillo de Latveria. Como en cualquier reunión en el castillo de Latveria, termina en una emboscada donde los Doombots acaban con las guardaespaldas de T’Challa y dejan al monarca gravemente herido. Debido al cabal formado por Norman Osborn, Doom, Loki, Emma Frost y Namor, la nación africana no tiene quien le eche una mano en el instante. La inestabilidad política de tener un rey incapacitado lleva a Tormenta y el resto de la corte a hacerse cargo de una revuelta de disidentes, los Desturi. La hermana de T’Challa, Shuri, reconoce el daño moral de no tener una Pantera Negra y se somete, con dificultad, al rito y el juicio del Dios Pantera. En paralelo, T’Challa y Shuri viajan por el mundo reclutando aliados para su causa. Al no poder tener ayuda oficial de los X-Men, exiliados en la isla artificial Utopia, consiguen que Wolverine, Coloso, Nightcrawler y los Cuatro Fantásticos los apoyen, además de todo el ejército de guardaespaldas royales, las Dora Milaje. Luego se revelaría que Walter Declun, con su pericia en el mundo de los negocios y una logística truculenta, estaba ocultando todas las acciones y plantas de producción de Doom, haciendo cada movimiento hasta ahora irrastreable.

Todo detona cuando Doom decide atacar Wakanda, apoyado por su facción de simpatizantes en el pueblo y el ejército, y efectivamente tomar posesión del palacio, construido encima del reservorio de vibranium. Usando a Tormenta y los miembros de la corte como rehenes, se abre paso a través de las múltiples cerraduras. Y aquí es donde se pone bueno: Victor Von Doom se despoja de todas sus armas y posturas para revelarse tal cual al veredicto de Bast, el Dios Pantera, en la última prueba para acceder a la bóveda, una prueba de pureza. La exposición que logra Jonathan Maberry, con un Doom arrogante y seguro, enfrentando a una divinidad con la mayor claridad de las intenciones y demostrándole, en un discurso de verdad maquiavélico, la justificación de todos sus actos y la violencia cometidos para alcanzar su idea del orden: un futuro perfecto, bajo el poder de Doom, pero también el único futuro, entre miles que tanto Bast y Doom pudieron avistar con su magia, donde la humanidad se libraría de todas sus dolencias.

Una idea similar ocurría a finales de la primera serie de Exiles, una historia en la que un Doom no desfigurado había logrado el mundo utópico eliminando todos los impulsos de la humanidad. Pero lo que Chris Claremont, pasada su mejor etapa, no logró fue el sentido de soberbia del villano creyendo en su proyecto vital, reconociendo los daños presentes como necesarios para lograr su futuro ideal, una idea mucho más rica que el simple megalomaníaco que quiere “conquistar el mundo” (que también suele ser su caracterización regular). Y además, la gravedad de la situación, la vulnerabilidad y transparencia con la que el malo de la historia tiene que presentarse a un poder mucho mayor que él. Es muy diferente a lanzar un monólogo contra Reed Richards, el que siempre acierta cuando él se equivoca, Namor, el especímen físico perfecto, o Tony Stark, su rival en la guerra de armaduras. Ante todos ellos Doom tiene que pontificar, convertir cualquier diferencia en un combate de egos, y siempre guardarse un señuelo robótico, un arma escondida o una ruta de escape en caso de encontrarse en desventaja. Maberry usa esta prueba mística para convencernos de la sinceridad del discurso de Doom, y eso es un ejemplo de su maestría para convertir una historia que podría pasar desapercibida en el estudio más emocionante de las motivaciones del villano más sobreexpuesto de la década.

Doomwar se encuentra en este momento (abril de 2010) en su tercer número de seis. Así que el que está interesado todavía puede buscarla por el medio que pueda. Dependiendo de cómo se resuelva y se replique a la excelente exposición de Doom, me valdría la pena conseguir el TPB.

 
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