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Si vienes por acá te vas a enterar de que Memo Aguirre, alias Capitán Memo, estaría posando su humanidad y las de su banda en escenarios limeños el próximo mes. Hasta ahí todo bien. La economía del país es una maravilla de fachada, atraemos inversionistas, diplomáticos/turistas, y artistas extranjeros que van desde Belinda hasta Deep Purple, incluyendo al susodicho Capitán. Sólo nos falta clasificar al mundial para creer que Alan ya nos mató a todos y llegamos al Cielo.
Pero no. Resulta que el señor Aguirre no es ni más ni menos que el compositor y ejecutor de probablemente todos los temas de entrada de series de dibujos animados de los ochentas que seas capaz de recordar en la siguiente semana (unas 26, al menos en discos). A estas alturas regresan a la mente recuerdos nostálgicos de lo paja que eran esas series, como influyeron en la infancia de uno, y de la laringe sale algo que quiere ser un tarareo de He-Man, El Rey Arturo o Capitán Futuro. Lo que me inquieta es por qué hay gente que está esperando con un mes de anticipación a alguien que está a un paso por encima del compositor de jingles. ¿Acaso no se dan cuenta de que, aparte de que la técnica de animación era deficiente y misia, las letras eran cojudísimas, y por último, traducciones del japonés, que tampoco es un idioma que suelte precisamente joyas musicales?
Hay todo un rollo nostálgico detrás de estos temas, lo sé. Incluso disfruté del disco de Tributo a la niñez, que versionaba muchas canciones adaptadas por Memo Aguirre, con el plus de actualizarlas con el estilo de una muy buena selección de artistas y bandas nacionales. De momento los videos no me cuentan nada nuevo. No estamos hablando de los Doors originales, es un jinglero que aprovecha mientras lo vintage siga de moda para cobrar por un trabajo de hace 20 años. No iriía a su concierto. Pero no me molestaría que me muestre algo que me haga cambiar de opinión.
Algún amigo de aquellos me contaba de sus problemas con los fines de semana largos. Lo peor que puedes hacer es tirarte cuatro días en un lugar aislado donde puedes alejarte del caos y reflexionar sobre las cosas importantes de la vida. Un día te sirve para decir “qué rico es llegar a las 6 de la tarde en pleno jueves y no haber salido de la casa”. El día dos todo es paz y tranquilidad, y empiezas a creer que puedes efectivamente vivir a punta de ceviche por el resto de tu vida. El día tres puedes filosofar sobre el universo, la luna y las estrellas, ver Cinemax de madrugada e irte a dormir tranquilito a tu cama.
El cuarto día ya estás pensando en a dónde miércoles vas con tu vida, cómo se pudieron ir las cosas al diablo con esa a quien lograste evitar el 99% del verano (y cuando te atrapó pudiste evadir con un par de mentirillas blancas), a quiénes te faltó visitar, cuándo la chamba empezó a bloquearte las posibilidades de realización, o por qué si te pasaste 8 años intentando escapar de casa ahora estás sufriendo porque no te quieres ir.

Sin embargo, no puedo quejarme. Estuvo bonito, recordé por qué se extrañaba tanto a los muchachos, dije (al menos acá) algo que necesitaba decir y pude sentir calorcito sin el humo grasiento de la Abancay. No se olviden de mí cuando compren las próximas chelas.